Mi yo grande ha aprendido a ser fuerte. Se ha sobrepuesto a decepciones, ha encajado golpes y ha seguido luchando. Hoy, a costa de muchas lágrimas, ha conseguido ser una persona independiente y ha obtenido los recursos necesarios para enfrentar cualquier cosa que se le ponga por delante, con la seguridad de que, aunque le hagan daño, podrá con (casi) todo tarde o temprano.
Pero mi yo niña no lo sabe. Porque es sentimiento en estado puro. Durante mucho tiempo, ella buscó en los demás la forma de sentirse segura y protegida. Se expuso muchas veces, y también muchas de ellas, salió escaldada. No entiende de puntos de vista, de experiencia, de batallas ganadas ni de derrotas superadas. Tiene mucho miedo. Aún. Miedo inconsciente, como el de todos los niños. Pero un miedo atroz.
Tranquila, mi niña, que ya estoy aquí para cuidarte.
